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  • Foto del escritorRaúl Guzmán González

GUATEMALA VOLCÁNICA Y DE ALMA MAYA

Actualizado: 9 dic 2023


Lago Atitlán

"En el silencio de las tinieblas vivían los dioses que se dicen: Tepeu, Gucumatz y Hurakán, cuyos nombres guardan

los secretos de la creación, de la existencia y de la muerte, de la tierra y de los seres que la habitan."

Popol Vouh


Un viaje puede ser turismo o peregrinaje, decidirlo, es cuestión de actitud, de mirada. ¿Qué traíamos en el corazón y qué nos llevamos en él? Eso lo sabemos con el tiempo, cuando se desempaquen las maletas invisibles. Me despido de Guatemala volcánica y de su alma Maya que como piedra de jade y lago sagrado mantendrá un espacio enigmático en mis recuerdos del mes de noviembre del 2023.


La capital nos acogió dos noches en el hotel Barceló y en alguno de sus centros comerciales para ese entonces vestido ya de diciembre. En la primera cena, con un coctel Margarita de mango, brindé por el legado poético de Luis Cardoza y Aragón, un hombre del siglo XX comprometido con la belleza y el pensamiento democrático que lo condujo al exilio y a la nostalgia de patria:


"Guatemala cuando aspiro tu refajo de bosques, cuando hundo en tu huipil de pájaro mi cabeza de tormentas, me anega tu aliento de maíz y volcán, tu espina aguda de picaflor"


Seguimos despúes con el itinerario programado, Panajachel en la orilla del lago Atitlán y sus volcanes, Atitlán, Tolimán y San Pedro, ellos parecen gigantes que se levantan de un largo sueño testigo del mundo telúrico, mítico y precolombino que contrasta con la influencia católica muy presente en sus habitantes. Una y otra fe confluye en sincretismo religioso, creador de una curiosa estética que viste a la Virgen María con prendas artesanales que conservan reminiscencias mayas, así lo observamos en los pueblos aledaños que visitamos en lancha, cuyos pobladores son descendientes de los grupos cakchiqueles y tzutuhiles, entre ellos, San Juan La Laguna, San Pedro y Santiago.


Nuestro último lugar de viaje, antes de regresar a la ciudad principal, fue Guatemala la antigua, rodeada de volcanes, tierra natal de Luis Cardoza y Aragón, declarada a partir de 1979, patrimonio cultural de la humanidad; es un territorio caracterizado por calles cuidadosamente planificadas, edificaciones e iglesias coloniales que nos conducen por esos laberintos de un pasado que todavía nos habla y nos lanza preguntas de madera y de piedra, pero con sabor a una comida exquisita, mi paladar con disposición a instantes de hedonismo, no olvidará la Posada de Don Rodrigo.


En el ámbito de la belleza arquitectónica no será indiferente a mis recuerdos con su estilo ultrabarroco, cerca del parque central, la Iglesia y convento de La Merced y en la calle oriente, el Santuario de San Francisco el Grande, una construcción barroca donde se encuentra la tumba del misionero Pedro de San José de Betancur. Éstas construcciones religiosas y artísticas, como tantas otras, por los movimientos sísmicos, han sido destruidas y restauradas.


Guatemala, su legado del Popol Vuh y sus sabios calendarios; país de los Quetzales, aves preciosas de vistozo plumaje que en la civilización maya servía para confeccionar las prendas de los sacerdotes y reyes. Ahora quetzal, es el nombre de su moneda; la equivalente a un quetzal, registra la palabra paz, junto a un ave y en la parte superior, dice: "paz firme y duradera", ¿Puede aspirar a más la modernidad? ¿Puede aspirar a más un hombre del siglo XXI?. Paradógicamente, contrario al sueño de la paz, fuerzas oscuras de la corrupción y el narcotráfico, confabulan para impedir en el mes de enero la posesión del presidente electo, Bernardo Arévalo de León.


La paz de los pueblos aún es un ideal lejano, pero bien vale la alegría, seguir aspirando a él, con la ardentía de quien desea escribir su mejor poema en el libro de la vida, no importa las dificultades y eso lo saben los guatemaltecos que luchan inspirados en sus ancestros. Allí sentí presente que la sangre indígena, como los ríos y los bosques, se resiste a desaparecer de la faz de la tierra, por eso en sus prendas elaboradas para existir por muchos años, la lentitud que marca esa comunión de las manos y el telar, perpetúa valores de la tradición.


Los dioses mayas no se han silenciado, solo que pasan inadvertidos para el turista que no ve más allá del mercado de las plazas, los bares y restaurantes cotizado en quetzales o dólares, a veces camino en ese mundo de consumismo, sin embargo recobro la lucidez para extasiarme en el vuelo raudo de un colibrí, antes de volver a la intimidad de las palabras.


Adiós, mítico país de colores diversos, ahora, unos tiquetes aéreos nos regresa a Bogotá; volveré al computador y a los poemas, esa otra forma de convocar en el siglo XXI a los dioses o por lo menos recordarme que todavía tengo alma.


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